domingo, 22 de enero de 2012

El otro futbol (II)


Por ANDER  IZAGUIRRE (Revista "NUESTRO TIEMPO", nº 662, mayo-junio 2010).



El balón del Mundial de Sudáfrica rueda por céspedes relucientes, en estadios abarrotados, dirigido por los futbolistas más selectos, atrayendo la mirada de miles de millones de personas. Pero ese balón es en esencia, el mismo que da botes imprevisibles en los campos de tierra del Chaco boliviano, en los arenales del Sáhara o en los hielos de Groenlandia. El fútbol ofrece sus aportaciones más valiosas en esas canchas remotas, lejos de los focos.



SÁHARA
Un oasis en el área pequeña.

El balón ofrece pequeñas ilusiones a los jóvenes saharauis que no conocen nada más que los campamentos de refugiados, el desierto sin escaparoria, la vida sin proyectos.

Los refugiados saharauis admiran al delantero centro Hamuda Chej, de 22 años, por sus regates prodigiosos, sus galopadas de área a área y por sus gafas gruesas, de patillas atadas con esparadrapo. Hamuda padece una miopía grave, con al menos 12 dioptrías en el ojo derecho y 13 en el izquierdo, y sus gafas sólo son un remedio aproximado, de 9 o 10 dioptrías. Desde que le revisaron la vista, hace ya cuatro años, no ha conseguido unas gafas adecuadas. Y le cuesta acertar con los pases y los disparos lejanos. “Tiene nivel como para jugar en algún equipo de Argelia, pero necesita operarse la vista, y aquí en los campamentos es imposible”, dice su entrenadora Fátima Mahmoud, de 26 años. “Así se pierden nuestros mejores deportistas”.

Fátima se formó en una escuela deportiva de Argelia y ha dirigido al equipo Brigada Sumud hasta la final de la Copa saharaui. Juegan con la vestimenta donada por la Real Sociedad, y su rival, el Ujsario (las juventudes del Frente Polisario), lo hace con la ropa del Barakaldo. El Ujsario gana por tres a cero, sus jugadores se llevan el trofeo y se marchan del campo encaramados a un jeep, entre bocinazos y cánticos. A Fátima no le escuece la derrota: pronto comienza la Liga saharaui, con veinte equipos de los distintos campamentos de refugiados que se enfrentan a doble vuelta, y espera desquitarse. Además, aspira a objetivos mayores: “Si mejoráramos un poco el nivel, la selección saharaui podría participar en alguna división inferior de las ligas argelinas. Ojalá algún día jugáramos partidos oficiales, por ejemplo en la Copa de África. El deporte atrae la atención de muchísima gente y debe servir para divulgar la injusticia que padecemos”.

Cuando España abandonó el Sáhara Occidental de manera precipitada, los saharauis fueron invadidos por Marruecos, bombardeados con napalm y fósforo, expulsados al desierto. Mientras los hombres luchaban contra las tropas marroquíes, las mujeres levantaron varios campamentos en el secarral atroz de Tindouf (Argelia), donde llevan ya 34 años, ignorados por el mundo, sin futuro. Las botas de fútbol, como las zapatillas de los maratonianos que corren aquí todos los años, se emplean para sacudir la arena y el olvido que poco a poco sepultan las vidas de unos 200.000 refugiados saharauis.

El fútbol también cumple una misión social importante. En los campamentos viven miles de jóvenes que no pueden estudiar y que tampoco encuentran trabajo. Eso trae problemas: frustraciones, depresiones, drogas… “Con las competiciones logramos que tengan objetivos”, explica Fátima, “que adopten una disciplina, que se esfuercen, que trabajen en equipo, que sean buenos compañeros, que conozcan a chicos de otros campamentos cuando juegan contra ellos…”.

El propio Hamuda está orgulloso de la progresión del fútbol saharaui: “Por culpa de la miopía, no he podido seguir mi carrera en otros países y pronto tendré que dejar el fútbol. Pero no me importa. Estoy feliz compitiendo aquí. Cuando empecé de niño, no teníamos botas, ni camisetas, ni entrenadores ni competiciones. Y hoy he jugado la final de la Copa. Es un gran logro de nuestro pueblo. Quiero dedicarme a entrenar a niños. Quiero ayudarles a que hagan deporte, para que se formen, para que en sus años de juventud tengan, por lo menos, alguna ilusión”.