Por ANDER IZAGUIRRE (Revista "NUESTRO
TIEMPO", nº 662, mayo-junio 2010).
El balón del Mundial de Sudáfrica rueda por céspedes relucientes, en estadios
abarrotados, dirigido por los futbolistas más selectos, atrayendo la mirada de
miles de millones de personas. Pero ese balón es en esencia, el mismo que
da botes imprevisibles en los campos de tierra del Chaco boliviano, en los
arenales del Sáhara o en los hielos de Groenlandia. El fútbol ofrece sus
aportaciones más valiosas en esas canchas remotas, lejos de los focos.
SÁHARA
Un oasis en el área pequeña.
El balón ofrece pequeñas ilusiones a los jóvenes
saharauis que no conocen nada más que los campamentos de refugiados, el
desierto sin escaparoria, la vida sin proyectos.
Los refugiados saharauis admiran al delantero
centro Hamuda Chej, de 22 años, por sus regates prodigiosos, sus
galopadas de área a área y por sus gafas gruesas, de patillas atadas con
esparadrapo. Hamuda padece una miopía grave, con al menos 12
dioptrías en el ojo derecho y 13 en el izquierdo, y sus gafas sólo son un
remedio aproximado, de 9 o 10 dioptrías. Desde que le revisaron la vista, hace
ya cuatro años, no ha conseguido unas gafas adecuadas. Y le cuesta acertar con
los pases y los disparos lejanos. “Tiene nivel como para jugar en algún equipo
de Argelia, pero necesita operarse la vista, y aquí en los campamentos es
imposible”, dice su entrenadora Fátima Mahmoud, de 26 años. “Así se
pierden nuestros mejores deportistas”.
Fátima se
formó en una escuela deportiva de Argelia y ha dirigido al equipo Brigada Sumud
hasta la final de la Copa saharaui. Juegan con la vestimenta donada por la Real
Sociedad, y su rival, el Ujsario (las juventudes del Frente Polisario), lo hace
con la ropa del Barakaldo. El Ujsario gana por tres a cero, sus jugadores se
llevan el trofeo y se marchan del campo encaramados a un jeep, entre bocinazos
y cánticos. A Fátima no le escuece la derrota: pronto comienza
la Liga saharaui, con veinte equipos de los distintos campamentos de refugiados
que se enfrentan a doble vuelta, y espera desquitarse. Además, aspira a
objetivos mayores: “Si mejoráramos un poco el nivel, la selección saharaui
podría participar en alguna división inferior de las ligas argelinas. Ojalá
algún día jugáramos partidos oficiales, por ejemplo en la Copa de África. El
deporte atrae la atención de muchísima gente y debe servir para divulgar la
injusticia que padecemos”.
Cuando España abandonó el Sáhara Occidental de
manera precipitada, los saharauis fueron invadidos por Marruecos, bombardeados
con napalm y fósforo, expulsados al desierto. Mientras los hombres luchaban
contra las tropas marroquíes, las mujeres levantaron varios campamentos en el
secarral atroz de Tindouf (Argelia), donde llevan ya 34 años, ignorados por el
mundo, sin futuro. Las botas de fútbol, como las zapatillas de los maratonianos
que corren aquí todos los años, se emplean para sacudir la arena y el olvido
que poco a poco sepultan las vidas de unos 200.000 refugiados saharauis.
El fútbol también cumple una misión social
importante. En los campamentos viven miles de jóvenes que no pueden estudiar y
que tampoco encuentran trabajo. Eso trae problemas: frustraciones, depresiones,
drogas… “Con las competiciones logramos que tengan objetivos”, explica Fátima,
“que adopten una disciplina, que se esfuercen, que trabajen en equipo, que sean
buenos compañeros, que conozcan a chicos de otros campamentos cuando juegan
contra ellos…”.
El propio Hamuda está orgulloso de
la progresión del fútbol saharaui: “Por culpa de la miopía, no he podido seguir
mi carrera en otros países y pronto tendré que dejar el fútbol. Pero no me
importa. Estoy feliz compitiendo aquí. Cuando empecé de niño, no teníamos
botas, ni camisetas, ni entrenadores ni competiciones. Y hoy he jugado la final
de la Copa. Es un gran logro de nuestro pueblo. Quiero dedicarme a entrenar a
niños. Quiero ayudarles a que hagan deporte, para que se formen, para que en
sus años de juventud tengan, por lo menos, alguna ilusión”.


