El balón del Mundial de Sudáfrica rueda por céspedes relucientes, en estadios abarrotados, dirigido por los futbolistas más selectos, atrayendo la mirada de miles de millones de personas. Pero ese balón es en esencia, el mismo que da botes imprevisibles en los campos de tierra del Chaco boliviano, en los arenales del Sáhara o en los hielos de Groenlandia. El fútbol ofrece sus aportaciones más valiosas en esas canchas remotas, lejos de los focos.
BOLIVIA
Las
madres guaraníes saltan a la cancha
Acosadas por la pobreza y la marginación, las mujeres del Chaco boliviano se reúnen para entrenar y jugar partidos. En dos años han impulsado una revolución.
El
partido entre los equipos de Urundaiti y Boyuibe se retrasa unos minutos: Susana,
una de las jugadoras, está detrás del córner dando el pecho a su bebé. Por fin,
entrega la criatura a una amiga, sale corriendo al campo y se instala en el
borde de su área, donde no dejará pasar ni un balón en todo el partido. Susana, defensa
central infranqueable, es una mujer guaraní que tiene 25 años y seis
hijos.
El
árbitro lleva por fin el balón al centro del campo, una explanada de tierra en
la aldea guaraní de Urundaiti, bacheada y generosamente alfombrada por cagadas
de oveja. Las futbolistas se acercan y forman un corro para escuchar las
palabras de Margoth Segovia, promotora de estos encuentros:
“Amigas, nos reunimos para disfrutar todas juntas del deporte. No se trata de
jugar a muerte. Queremos que perdure la amistad, el respeto y la solidaridad
entre todas nosotras. Hacemos deporte para distraernos de lo que ustedes ya
saben”.
“Estas
señoras que vienen a los entrenamientos dos o tres veces por semana tienen un
mérito extraordinario”, explica Segovia. “Llegan agotadas pero
participan porque el fútbol representa para ellas mucho más que un deporte: es
su espacio de libertad, el momento de la semana en el que se juntan con las
amigas, charlan, se ríen, practican deporte en grupo, y durante unas horas se
olvidan de sus vidas tan duras. La sociedad guaraní es muy machista. Aquí las
mujeres no tienen vida propia, sólo hacen lo que les permita el marido, pero
ellas han ido ganando sus espacios”.
En apenas
dos años, el fútbol ha impulsado una pequeña revolución social en el Chaco: “Al
principio, muchos hombres se negaban a que las mujeres jugaran”, dice Segovia.
Les parecía algo ridículo, vergonzoso. ¡Sus mujeres jugando al fútbol! Las que
se atrevían a venir recibieron más de una paliza. Pero los hombres han ido
acostumbrándose poco a poco y cada vez vienen más a ver los partidos. Un
domingo me di cuenta de que estábamos cambiando las cosas: vi cómo una de las
jugadoras dejaba el bebé a su marido y salía a la cancha. Aquello era
revolucionario: el hombre con el niño en brazos, mientras la mujer jugaba. No me
lo podía creer”.
No es
fácil dirigir el balón entre los hoyos y los bultos del terreno, así que las
chicas de Urundaiti intentan pases largos y aéreos hacia sus dos delanteras.
“Al principio pateaban la bola y corrían todas detrás como ovejas, hasta las
arqueras”, dice Carlos, el entrenador. Después de unos meses, las
jugadoras han aprendido a repartirse el campo.
Mostrarse al mundo.
En el descanso, las chicas de Boyuibe están contentas: ganan por
dos a cero. Pero su arquera Yobinka Guzmán ha tenido que trabajar
bastante. “Necesitamos más fuerza en la defensa para que no me lleguen tantos
balones al arco”, dice. Yobinka tiene 29 años, cuatro hijos y un sobrino
adoptado en su propia casa. Todos los días se levanta a las seis de la mañana,
da la leche a su chiquito de 2 años, prepara el desayuno a los mayores y sale
al trabajo: es educadora en una escuelita de la aldea guaraní de Pueblo Nuevo,
donde atiende a niños pequeños. Al mediodía prepara la comida y arregla a los
hijos para que vayan al colegio por la tarde. Luego dedica varias horas a
limpiar las ropas y la casa. Y por la noche acude a los entrenamientos. “Duermo
como muerta”, dice, entre risas. “Pero tenemos que practicar fuerte para viajar
a España”.




